¡Organízate y lucha!
8 de septiembre de 2026
Redactado por Modesto Blanco Sánchez
A finales del pasado mes de julio se produjo en Ceuta una entrada masiva de inmigrantes desde Marruecos. Inmediatamente Pedro Sánchez denunció “una violación de la integridad territorial de España”, de la que acusó en primer término a las “mafias” y posteriormente a Putin, Netanyahu y la “internacional ultraderechista”, al tiempo que ensalzaba la “cooperación instantánea inmediata” de Marruecos para intentar resolver el problema.
Desde el primer momento la derecha política y mediática habló (y sigue hablando) de “invasión” y propuso la inmediata expulsión de los migrantes y el refuerzo militar de la frontera mientras en la ciudad autónoma la situación se iba degradando progresivamente, con miles de personas deambulando por ella, atrapadas entre la inexplicable indolencia de un gobierno que, aunque no puede expulsarlas legalmente, tampoco parece capaz de garantizar su seguridad ni su integridad y una población ceutí crecientemente exasperada que exige a toda costa volver a una quimérica normalidad anterior
A pesar de la reiteración con que determinados medios y personas influyentes hablan de “invasión” y definen a los migrantes como “invasores”, es preciso aclarar que el hecho que nos ocupa no responde a lo que objetivamente entendemos por invasión: no ha habido irrupción por la fuerza ni ocupación ilegal de un territorio; no hubo violencia; las armas que portaban esos “invasores” eran flotadores y chanclas y las 150 personas fallecidas (todas ellas migrantes) lo fueron por ahogamiento al intentar alcanzar a nado una playa de promisión en la que esperaban iniciar una vida con cierta dignidad. Curiosa manera de invadir un país: personas inermes que al salir del agua besaban la arena de la playa ceutí y daban vivas al país que estaban invadiendo.
¿Por qué se mantiene entonces el bulo de la invasión? Porque es rentable políticamente a quienes apelan al autoritarismo, el nacionalismo excluyente y el militarismo para la salvaguarda de sus intereses. Llamar a la defensa de la patria en peligro, invadida por hordas de fanáticos enemigos de nuestras tradiciones y nuestra forma de vida aúna voluntades en torno a una homogeneidad nacional de la que es difícil evadirse (“Toda España con Ceuta”, “Todos somos caballas”) sin ser acusado de traidor.
Cuando el sentimiento de pertenencia a una nación se impone sobre las demás pertenencias se convierte en identidad excluyente, base de un nacionalismo étnico que a menudo se manifiesta en el rechazo al “otro”, el diferente, el extranjero, especialmente si es pobre. Deshumanizado y carente de derechos, convertido en una masa anónima invasora, es percibido por ciertos sectores como un enemigo a batir, a “cazar” (según VOX) y expulsar. No es nada nuevo; ya pasó en Torre Pacheco y en tantos otros lugares. Es el marco propicio para el ascenso de la extrema derecha, que pretende capitalizar el descontento de la población ceutí con la inacción del gobierno central. Criminalizan a los inmigrantes (“invasores”, los llaman), potencialmente delincuentes y violadores, y crean el caldo de cultivo en el que la hostilidad y la indiferencia propician los actos de violencia contra ellos, en forma de descalificaciones, insultos y agresiones, como ha quedado de manifiesto en los ataques contra los precarios asentamientos de los inmigrantes en las playas, con destrucción e incendio de sus chabolas y enseres. Recientemente hemos sabido que Amnistía Internacional ha denunciado torturas y otros tratos crueles, inhumanos y degradantes practicados por militares españoles contra personas inmigrantes, así como las indignas condiciones de acogida en que viven numerosas mujeres, niñas y niños en situación de riesgo.
Pero el odio no se limita a la población migrante. La criminalización y el rechazo alcanzan también a los periodistas que informan sobre la situación de desamparo en que malviven esas miles de personas y a las organizaciones humanitarias que les proporcionan ayuda, como lo demuestran el bloqueo a la entrega de alimentos por parte de la Cruz Roja, las acusaciones contra No Name Kitchen de abastecer de gas pimienta y material explosivo a los migrantes o el intento de linchamiento de una diputada ceutí y dos personas activistas de derechos humanos que la acompañaban al confundirlas con miembros de una ONG navarra a la que previamente determinados medios habían tildado de “proetarra”. La impunidad de las redes sociales propicia constantes amenazas de muerte y mensajes de odio contra las voluntarias de las ONG, buscando que dejen de ayudar a las personas migrantes para que, hambrientas y hastiadas, regresen a Marruecos.
Los discursos de odio, el rechazo de la diferencia, el racismo y la insolidaridad parecen avanzar de forma arrolladora en todo el mundo, impulsados por una supuesta identidad nacional que se impone y oculta a todas las demás. Tampoco en nuestro país nos libramos de esa lacra. Cuando el fanatismo y la intolerancia se instalan en la sociedad es muy difícil dar marcha atrás No debemos resignarnos a ello; sería un suicidio. Están en peligro la democracia y la convivencia. Es hora de que las sociedades nos organicemos para parar esa lógica destructiva. Nuestros enemigos no son las personas que aspiran a venir a Europa para mejorar sus condiciones de vida y las de su familia, sino los que establecen prioridades étnicas y de clase en el acceso a los servicios sociales, enfrentan a unos grupos humanos contra otros, trafican con las vidas de las personas y usan a sus poblaciones como carne de cañón para sus experimentos patrióticos y su lucro personal. Luchemos por la solidaridad entre los pueblos, la igualdad, la cooperación y el respeto a los derechos humanos. Esa es la vía que nos conducirá a una humanidad mejor, en la que todas las personas tengamos los mismos derechos y similares oportunidades.